Papelucho y el día en que la tía Elena perdió el cargo (y por fin se acordó de su nombre).

Escribo esto porque me di cuenta de una cosa bien rara que le pasa a los grandes.

Resulta que los grandes se pasan la vida fabricando un “personaje”. Es como un disfraz de superhéroe pero con traje sastre y maletín, bien planchado, para que todo el mundo diga: “¡Oh, miren qué importante es esa ejecutiva latinoamericana!”.

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El problema es cuando se creen que el disfraz es su propia piel.

Eso le pasó a mi tía Elena.

Ella era la reina de una cuestión que se llama “multinacional”. Manejaba a miles de personas en un montón de países y su teléfono sonaba tanto que parecía despertador fallado.

Ella juraba que se llamaba Gerente Regional.

Pero un día, los jefes más grandes del consejo —esos que tienen cara de foto de oficina— la llamaron.

Le dijeron unas palabras súper difíciles como “reestructuración” y “eficiencia corporativa”, pero mi tía, que es viva, entendió al tiro lo que significaba en verdad: que la encontraban vieja y que querían a alguien más joven que cobrara menos.

Y la echaron. Así, de un paraguazo.

Yo pensé que mi tía se iba a poner a llorar, pero los grandes son porfiados. En vez de mirar el tremendo raspón que le quedó en el alma, le dio por “aperrar”.

Agarró su currículum, se puso el disfraz más limpio y salió corriendo a buscar otra empresa para meterse adentro. Decía que tenía que demostrarle al mercado que todavía estaba súper vigente.

Pero resulta que las penas son bien tramposas. Uno cree que las dejó encerradas con llave, pero se te escapan por los ojos.

Mi tía fue a una entrevista con unos caballeros que buscan jefes, y de repente, ¡paf!, le salió toda la rabia acumulada en un comentario bien amargo sobre su antigua oficina.

Y en otra reunión, cuando le preguntaron una cuestión de lo más normal sobre sus motivaciones, la estructura no le aguantó. Mi tía Elena, la mismísima jefa de Latinoamérica, se puso a llorar a moco tendido frente a un evaluador que quedó con cara de urgido y no sabía si pasarle un confort o llamar a los bomberos.

Es que perder el cargo duele un kilo. Es como si te quitaran el nombre y te dejaran invisible.

Cuando toda tu vida la pegaste a una tarjeta de presentación, quedarte sin oficina se siente como si ya no existieras en el mapa. Es una herida de las de verdad, y no se sana corriendo más fuerte.

Menos mal que mi tía decidió parar la máquina y fue a terapia a revisar su “arquitectura interna”, que es como ordenar la bodega de la cabeza.

Al principio, ver la agenda en blanco la ponía súper nerviosa. Pero cuando dejó de empujar el agua, empezaron a pasar cosas de lo más choras.

Como no tenía que subirse a ningún avión, empezó a llevar a mis primos de la mano al colegio, caminando despacito y mirando los árboles.

Se puso a cocinar en unas ollas que olían exquisito por toda la cuadra.

Y un día, buscando unos calcetines viejos, encontró unos palillos de madera y se puso a tejer.

Ahí me di cuenta: mi tía no estaba perdiendo el tiempo. Estaba acordándose de quién era ella antes de que los caballeros del cristal le pusieran el título de gerenta.

En las empresas hay dos puertas bien oscuras por donde la gente recién se empieza a conocer: cuando te da el bajón de que tu vida no tiene ni un sentido, o cuando te echan de un trabajo que querías mucho.

Nadie abre esas puertas a propósito porque da un susto que te mueres, de perder el estatus. Pero cuando la vida te empuja, te obliga a crecer para arriba y no para los lados.

Dejas de acumular tonteras afuera para estar más firme por dentro.

Ahora mi tía Elena no teje alfombras para los reinos de cristal. Teje mantas de lana para abrigar a su familia.

Y le quedan hermosas, porque por fin se acordó de que la magia no era el cargo, sino sus propias manos.

¿Te ha pasado alguna vez que la vida te tuvo que quitar el personaje para que por fin te atrevieras a conocer al actor? ¿Cómo hiciste para salir del piloto automático?